JUR-278 sub esp frente a mis propios ojos
La luz de la tarde entraba dorada, sellando la atmósfera en un silencio cómplice. Él estaba en el umbral, observando, mientras yo susurraba un No que se ahogaba en la garganta, una advertencia demasiado débil para ser real. Mi esposo había creado el escenario, invitando al depredador a su sala, creyendo que yo era su cura. Pero cuando el empleado sonrió, supe que no buscaba la redención, sino la rendición. Su mano rozó mi rodilla, luego se detuvo en el hueco de mi muslo con la lentitud de un accidente planeado. Cuando su boca encontró la curva de mi cuello, la resistencia que mi voz no pudo articular se desvaneció. Mi cuerpo se arqueó, buscando la presión, el sabor prohibido de su audacia. En el sofá de terciopelo de mi propia sala, sin importar si mi esposo estaba a punto de regresar, el empleado cobró la apuesta con una entrega tan ardiente y mutua que borró toda mi moral. Yo dije que no, pero mi cuerpo gritó: ¡Al fin!
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